Rastreando la pronunciación del nombre del Dios hebreo y judeocristiano

Rastreando la pronunciación del nombre del Dios hebreo y judeocristiano

Indice de temas. Prólogo

Quienes desarrollaron los escritos de los evangelios y cartas apostólicas dan cuentas claras que el tema referido al nombre divino, muy extensamente usado en el AT, estuvo oficialmente ausente como elemento teológico en su corriente religiosa escindente del judaísmo. Pero no podía estarlo, pues surge como una paradoja del mesianismo, una incoherencia estructural de fundamental importancia al resultar omitida su publicación y conocimiento no solo a los judíos creyentes sino especialmente a todos los extranjeros parlantes de otras lenguas adherentes al cristianismo en virtud al indiscutible rol reconocido de único Dios atribuido en el AT.

Los apóstoles, discípulos y sus adeptos inmediatos así como los discípulos de éstos a medida que crecían en número por las diversas comarcas del imperio romano durante el primer siglo de nuestra era, se hallaban bajo una influencia distrayente muy particular. No así otros, como es el caso de Diodoro, del siglo anterior al advenimiento del cristianismo, cuando como historiador al tratar sobre asuntos judíos se interesó por mencionar algo sobre el mismo. Pero en cuanto a los cristianos, recién a partir del siglo II de nuestra era tenemos registros sobre los intentos o esfuerzos por descifrar la pronunciación del nombre. Esto lo sabemos gracias a los testimonios hallados en los distintos documentos históricos existentes, donde comienzan a discutirse varias formas, formas que ya venían siendo discutidas de antes de la venida del Cristo.

Hasta entonces, las evidencias parecen indicar que los primeros cristianos consideraban al nombre como algo tan excelso que aceptaban su aspecto de inefable, imposible de ser pronunciado por humanos tan pecadores. Sin duda, muy probablemente no fuera una inquietud de la gente común discernir este asunto, pues para ellos por costumbre ya era inefable y estaban habituados a no oírlo ni menos pronunciarlo. Dado que el cristianismo se inició en el seno del judaísmo religioso, y como por muchos años los atraídos eran de origen judío o prosélitos, las mismas costumbres transmitidas por la tradición respecto al tratamiento del nombre de Dios continuó con ellos. Pensaban y actuaban con los mismos códigos básicos de índole religiosa que el resto de los judíos.

Las letras del nombre de Dios jamás se perdieron, todos o casi todos estaban al tanto de ellas, sin embargo solo continuaban como "las cuatro letras del nombre". Por ello, los judíos cristianos escribas de la clase culta no pudieron transliterar el nombre. Entre las principales razones podemos vislumbrar por un lado a las distintas variantes existentes sobre el mismo, muy probablemente dispersas en las diversas facciones religiosas, ante lo cual se vieron impedidos de publicar alguna forma con carácter de inspiración. Resultaría conflictivo imponer una forma sobre las otras al carecer de información fidedigna e indiscutible. Ante semejante situación resulta comprensible el argumento esgrimido por la clase gobernante religiosa sobre su inefabilidad debido a la trasgresión de pronunciarlo imperfectamente, instalando con ello la costumbre religiosa judía mudada fácilmente por influencia popular en supersticiosa, dirigido quizás para resguardar la otra posible razón, la relacionada con su carácter místico, a fin de impedir o diluir toda posible deducción acerca de su origen.

La mayoría de los creyentes cristianos solo podían adaptarse a las directivas de la clase dirigente, erigida principalmente en Jerusalén y representada en otras ciudades donde residían comunidades judías observantes de las mismas costumbres. Aunque usaban copias donde probablemente aparecía el tetragrama (no todas las versiones de la Septuaginta lo contenían, aunque las copias en lengua hebrea sí lo contenían) el mismo no era pronunciado en público ni en sus lugares de reuniones, pero con el paso del tiempo se hacía evidente, en la medida que el fin esperado no llegó, que el tetragrama para uso cristiano se tornaba en una cuestión embarazosa.

Algunos aducen que el nombre no podía ser transliterado a otros idiomas, como el griego, porque carecían en su lengua de los sonidos idénticos para reproducirlo del hebreo, y que por carecer de letras adecuadas dejaron el tetragrama como estaba en hebreo. Pero este razonamiento carece de sustento, pues si pudieron transcribir todos los demás nombres, de hecho ya lo venían haciendo hace 200 años en la Septuaginta, muchos de los cuales contenían las mismas letras del tetragrama, demuestra que técnicamente nada les habría impedido transliterar un sonido hebreo con letras griegas.

Hoy día, por ejemplo, si uno escucha a un lector judío recitar el libro de Crónicas en sus primeros capítulos, donde abunda en nombres hebreos, puede seguirle fácilmente en la lectura en su propio ejemplar de la Biblia de cualquier lengua, fuera inglés o español, porque casi son transliteraciones.

De allí que existan movimientos que salen en defensa de los primeros cristianos asegurando que ellos lo pronunciaban. Como no han dejado testimonio escrito sobre ello, afirman que se puede descubrir, a modo de una documentación escrita en código en el NT, que a Jesús lo ejecutaron por pronunciar el nombre, así como también gran parte de la persecución de los cristianos por parte de los judíos se fundamentaba en el acto de pronunciar el nombre inefable. Esta conjetura, a la cual dedicaré un capítulo aparte para demostrar su error, surge como una necesidad vital para sostener la estructura del mesianismo de Jesús.

Lentamente mermaba la cantidad de veces que aparecía el tetragrama en las copias de la Septuaginta para uso cristiano que lo contenían, pues en la medida que se hacían nuevas copias, en lugar de seguir escribiendo las cuatros letras, escribían sustitutos como Señor (KurioV) ó Dios (qeoV), es decir, palabras pronunciables. La razón para este tratamiento es por demás obvia. No existió ningún tipo de conjuro ni complot, sino el simple resultado de una causa perfectamente clara. La pronunciación exacta sobre la cual no hubiera desacuerdo estaba perdida y las cuatro letras señalaban una situación incómoda al aparecer en las escrituras consideradas inspiradas de modo que resultara imposible de pronunciarlo en voz hebrea con letras griegas. Nuevas generaciones de potenciales creyentes, en la medida que algunos se enteraran de ello, harían preguntas que incomodarían a los clérigos que los evangelizaban y, a su vez existía el peligro de que los mismos o creyentes cultos que tuvieran acceso a las escrituras extendieran tales inquietudes a las clases inferiores, debilitando el poder y control religioso imperante.

En gran medida, para contrarrestar este dilema se generaron nuevas teorías religiosas, entre ellas sobre la divinidad de Jesús, su posición reemplazante del Dios hebreo y la consecuente trinidad, las cuales han sido impuestas como dogmas, y debían aceptarse y ser creídas por fe. Nunca la iglesia Católica estimuló a sus fieles al estudio de las escrituras. Al contrario, muchos fueron perseguidos y muertos por parte de la misma iglesia católica a causa de haber traducido la Biblia a otros idiomas o bien las hicieran proliferar para que más personas, entre ellas las clases acomodadas de la nueva burguesía, pudieran tener acceso para leerlas.

Hasta el día de hoy, con la libertad en materia religiosa, la iglesia Católica no estimula el estudio de la Biblia. En una ocasión, un clérigo católico expresó en un programa televisivo que la Iglesia no es "una religión del libro", esto es, del uso de la Biblia para enseñar, en contraposición con otras corrientes religiosas, como los evangelistas, bautistas, adventistas, testigos de Jehová, etc. La jerarquía eclesiástica trata por todos los medios para que la población católica no se sienta estimulada al estudio de la Biblia. Para ello recurren a diversas estrategias, entre ellas el tratar de ocupar el tiempo y la mente de sus fieles con temas diferentes, tales como la veneración a la Virgen, las procesiones festivas, las recreaciones , la instalación de "milagros", exorcismos, programas benéficos, imposiciones académicas, etc. etc. Millones de personas en los países latinoamericanos, donde la religión católica desarrolla su influencia, continúan en la misma oscuridad cultural y religiosa que siempre han tenido.

No es para menos este resultado considerando la mentalidad reinante en el seno del liderazgo religioso de dicha institución, muy bien expresadas allá por el siglo IV cuando el mismo San Gregorio Nacianzeno en las siguientes palabras escritas a su amigo y confidente San Jerónimo dijo: "Nada influye tanto en las gentes como la palabrería. Más admiran lo que menos comprenden... Nuestros padres y doctores dijeron a menudo, no lo que pensaban, sino lo que la necesidad y las circunstancias les indujeron a decir."

Pues bien, para aquellos que por su inquietud frente al tema se han sentido interesados en conocer más de cerca el asunto referido al nombre de Dios, he desarrollado dicha materia a modo de investigación. Lo presentado en esta serie de documentos no es de ninguna manera concluyente, pero si altamente orientativo. Tampoco pretendo presentar un material exhaustivo, algo imposible, pero sin duda expondré material de evidencia para fundamentar las diversas conclusiones que presento. Lamentablemente no existen sitios en Internet donde uno pueda hallar las evidencias por las cuales se presentan diversos argumentos. Se afirma algo, se dicen un par de cosas, y listo. Si en algo me equivoco, factor muy posible de ocurrir, agradeceré cualquier aclaración al respecto.

Introducción

Antes de introducirnos en una especie de ejercicio intelectual del tipo histórico linguístico debo aclarar que no es mi intención arribar a una forma preferida. Demás está señalar sobre la ductilidad sonora del lenguaje humano, el cual va cambiando con los tiempos, motivo por el cual los sonidos de los nombres propios suelen sufrir alteraciones en grados distintos.

No obstante ello, cuando al documentarlos por escrito se tiene especial cuidado en transliterarlos, inspirados por respeto, honra, gloria, u orgullo cultural, pueden permanecer por milenios sin sufrir cambios de importancia en su pronunciación audible en las distintas lenguas a las que fueran comunicados. A lo largo del documento presentaré varios ejemplos de nombres propios muy antiguos que casi no han sufrido alteraciones sonoras a pesar de ser pronunciados en distintas lenguas hasta nuestros días.

Obviamente, el nombre que más nos interesa tratar ahora tiene que ver con el nombre personal del Dios de los "ibri" o hebreos, el Dios de Moisés y Josué, deidad invocada por profetas como Isaías y Jeremías, considerado como el único Creador y Ser Supremo tanto para los judíos religiosos actuales como para los cristianos y musulmanes, siendo además para los cristianos el Padre del Señor Jesucristo, proclamado como el redentor histórico de la humanidad.

Dado que las palabras escritas en la lengua hebrea original no contenía todas las vocales, y como a su vez éstas se agregaban o intercambiaban según la dirección del texto a partir de un conjunto de letras denominado "raíz", si con el tiempo cierta palabra dejara de pronunciarse, las nuevas generaciones no sabrían con seguridad cómo era expresada, y mal o bien, si desean volver a usarla, deberán reinventar nuevamente su expresión.

Esto es lo que se ha hecho con el nombre de Dios. Dada la importancia que adquiere para ciertos creyentes este nombre, por fervor, celo, o simple diferenciación, se fabricaron distintas pronunciaciones. La forma más conocida es Jehová, luego ha sobresalido otra forma más académica, que es Yahvé.  La forma Jehová arranca allá por la edad media cuando estudiosos cristianos tomaron, según admiten algunos y afirman otros, a veces en forma de acusación, ciertas vocales de otras palabras intercaladas entre las letras hebreas del tetragrama del Antiguo Testamento para uso judío del siglo XI, conocido como el códice de Leningrado, enmudeciendo dos letras y asignando sonidos a las otras dos, sonidos que cambiaron con el tiempo.

La forma Yahveh, aparentemente más moderna es en realidad mucho más antigua que la forma Jehová. Esto puede sorprender a algunos, pero eso sucede debido a tanta manipulación religiosa.

Por cierto, estas dos formas, aunque conocidas, no son las únicas. Existen básicamente dos vertientes para el nombre completo: una es la bisilábica y la otra trisilábica. La bisilábica, la más antigua, posee a su vez por lo menos unas dieciocho variantes. La forma trisilábica contiene al menos las mismas variantes de la bisilábica, con la diferencia de que siempre aparece una sílaba intermedia, que es la "o" y en algunos casos la "u". No obstante, como veremos en el transcurso del material, todas parten de once (11) formas básicas desarrolladas a través del tiempo.

Frente a semejante panorama en la reinvención sonora del nombre perdido, ¿hasta qué grado podemos conjeturar su más probable pronunciación? ¿Vale el esfuerzo? Si deseamos informarnos bien para poder tomar una posición más inteligente frente al tema, sin duda que sí. Para ello, debemos meditar para discernir aquello que resulta de todas las evidencias que analizaremos.

Traducir, transcribir y transliterar.

La escritura es un sistema codificado mediante el cual se pueden guardar ideas, sonidos, nombres y todo tipo de operaciones mentales y verbales para que en cualquier momento futuro pueda ser reproducido por otras personas enseñadas y diestras con propósitos afines. En su forma básica consiste en el registro de las expresiones sonoras de una lengua. De allí que las letras de un idioma usadas para la escritura se ajustan a su particular forma de expresarse, caracterizada por sonidos propios, muchas veces ausentes en otra lengua.

Transferir una palabra a otro idioma puede seguir tres vías o caminos. Uno es la traducción. Cuando una palabra representa un verbo, un sustantivo o cualquier idea conocida, el mismo puede ser traducido. Una traducción equivale transferir el pensamiento que dicha voz genera de una lengua a otra aunque se usen sonidos o escrituras distintas. La segunda vía consiste en transcribir palabras. Para ello a partir de las letras dadas de una palabra se transfiere a otra lengua usando letras equivalentes del otro idioma para producir un sonido que se identifica con lo que se desea transmitir. Este recurso se suele usar cuando una palabra o nombre escrito no se puede traducir o transliterar al ser desconocido tanto en la lengua a la que se transfiere su significado como en su lengua de origen su voz. Es interesante que muchos nombres extranjeros fueron transcriptos a otros idiomas y adoptaron sonidos distintos al ser pronunciados con el tiempo por la gente del lugar adónde se radicaron los sujetos. Y como veremos más adelante, muchos nombres de la Biblia fueron sencillamente transcriptos al griego.  Finalmente la tercera vía es la transliteración. Transliterar significa reproducir el sonido dado en un idioma a otro con la mayor fidelidad posible aunque se usen letras totalmente distintas del idioma al que se translitera la palabra. Este recurso se utiliza cuando se necesita transmitir nombres propios importantes que se hallan vigentes o en uso a otras lenguas sustancialmente diferentes, como por ejemplo del chino, ruso o japonés al inglés o español; o viceversa.

Obviamente, para realizar una transliteración correcta, solo basta que el oyente de la lengua que escuche el sonido del nombre sepa transferirlo a su idioma con las letras que considere correctas para reproducir el mismo sonido cuando cualquier lector de su mismo idioma lea en voz alta esa nueva palabra escrita. Así, transliterar, equivale grabar un sonido de cualquier otro idioma, sea hasta desconocido, recurriendo al lenguaje escrito conocido de otro idioma diferente. Por ello, cuando un nombre se pierde, es decir, muere al no ser emitido más su sonido por humano alguno, la transliteración se vuelve imposible. Solo se puede transcribir.

Pistas para resucitar un sonido perdido

Hay quienes aseguran que el nombre nunca se perdió, sin embargo, dicho concepto es más una posición imaginaria que una realidad manifiesta al mundo religioso. No se perdieron las letras, pero sí su pronunciación. Hubo un vasto período de tiempo durante el cual los adoradores de ese Dios dejaron de pronunciarlo, y su sonido desapareció del oído de la gente común. Se tornó secreto.

Se puede seguir hasta cierto grado, creo bastante aproximado, la pronunciación de algunos nombres antiguos poco conocidos comparándolos con otros que por su importancia han sido meticulosamente mantenidos por la tradición lingüística y documental hasta nuestros días. Para ello recurrimos a los descubrimientos arqueológicos de documentos antiguos y de épocas posteriores donde aparecen mencionados. Asimismo, dada la característica de la gramática semítica (fenicia, hebrea, aramea, etc.) de carecer de una vocalización escrita explícita, entre los documentos antiguos los más importantes son aquellos transliterados a idiomas que sí lo poseen, siendo el griego el más apreciado. Comparando las letras y sus estructuras gramaticales con la fonética preservada pueden ayudarnos en la aproximación sonora del nombre que deseamos rastrear.

No siempre una serie de letras aún con sus vocales de una palabra o nombre respeta la pronunciación individual de todas sus letras. Distintos códigos gramaticales aplicados a la lectura pueden alterar los sonidos. Existen muchos ejemplos de ello, muy conocido por ejemplo en el habla hispana cuando se abocan al aprendizaje del inglés o del francés. Si usted ve escrito "beaujolais" probablemente suponga si desconoce el término que se pronuncia tal como las letras tienden a sugerirlo pronunciar en español a una persona de habla hispana, pero en realidad su voz es "buyolé". Al transcribir un inmigrante alemán en Argentina su apellido como Reuteman, todos hemos conocido al corredor y posterior gobernador de Santa Fé como tal, pero en alemán se pronuncia "Roitman". Todos por estas latitudes pronunciamos Bunge como "bunje" cuando en realidad debe decirse "Bungue". De modo que este asunto también puede haber ocurrido en la pronunciación de nombres en la antigüedad.

No obstante, considero en función de lo que hasta ahora he podido ver y analizar, que en lo concerniente a diversos nombres bíblicos no existen mayores dificultades.

Cuando Flavio Josefo hace referencia a la "cuatro vocales" parece claro que para su época, conociendo el griego y el latín (sus obras fueron escritas en griego), las asociara con el significado de las letras de esos idiomas o bien al uso que los hebreos daban a ciertas letras del tetragrama. Y este comentario es en realidad una buena pista al comunicarnos una observación proferida desde un ángulo diferente.7 Algunos insisten que eran consonantes, que sus sonidos eran como tales, y que para pronunciar el nombre se debe agregar a cada letra del tetragrama su vocal correspondiente; sin embargo, si cotejan la manera de cómo se escribían y pronunciaban los nombres de acuerdo a aquellos que por tradición han permanecido sonoramente intactos o en algunos casos con muy pequeñas variante, verán que no es de ese modo.

Probablemente en la gramática antigua hebrea no existía una distinción intelectual que diferenciara vocal de consonante, pues los sonidos vocálicos se hallaban asociados a las letras del alfabeto ya sea por defecto o según su secuencia estructural y, especialmente en palabras no asociadas a nombres personales, según lo que se deseaba expresar a partir de un conjunto de letras raíz. Al no existir distinción entre vocales y consonantes escritas, así como no diferenciaban las vocales tampoco tenían idea que las letras que usaban fueran consonantes. De hecho, en su conjunto de letras del alfabeto poseían vocales, pero las usaban de manera diferente a nosotros. Si las hubieran diferenciado seguramente habrían mejorado la escritura, mejora que los griegos hicieron más tarde. Para ellos la vocalización y hasta la cantidad y el orden de las mismas dentro de una misma base de letras señalaban distintas cosas asociadas a la misma. De ese modo, según las vocales que utilizaran podían pasar de un sustantivo a un verbo, indicar el tiempo del mismo, o a un título o designación. De ese modo el lector suplía la vocalización de las palabras según iba leyendo en la medida que discernía el contexto inmediato.

No obstante, en cuanto a los nombres de personas o lugares, su vocalización se mantenía notablemente constante al nombrarlo. Los nombres propios en la antigüedad han mantenido una notable constancia aún en distintas lenguas, muchos de ellos gracias a su forma sencilla escrita originalmente.

Plan de investigación

Con la finalidad de arribar a un criterio fundamentado debemos trazarnos un plan de investigación. Este puede constar de los siguientes items:

  1. Apuntar cómo aparecen escritos nombres conocidos en la Biblia en documentos arqueológicos extra bíblicos, cómo así también son vertidos por los especialistas.
  2. Comparar los mismos nombres entre sí cuando son hallados vertidos en otras lenguas más conocidas, como en griego o romano.
  3. Comparar cómo aparecen dichos nombres en distintas versiones de la Biblia en la actualidad.
  4. Buscar y analizar distintos manuscritos bíblicos antiguos, desde los más tempranos posibles y de siglos posteriores, viendo cómo aparecen escritos los nombres en hebreo, griego y latín.
  5. Buscar textos masoréticos para ver cómo puntuaron las vocalizaciones de los distintos nombres.
  6. Buscar significado de distintas palabras relacionadas en el TM, ver cómo son traducidas y tratar de comprender en parte la gramática hebrea.
  7. Conocer la pronunciación actual de los distintos nombres y palabras hebreas, pudiendo elegir el sefardí.

El problema que se nos presenta aquí es hallar el material suficiente para el estudio. Lamentablemente el material bibliográfico referido a libros de la Biblia en manuscritos antiguos e impresiones posteriores no se hallan disponibles en Internet. Solamente podemos hallar algunas que otras evidencias documentales, muchas veces de manera circunstancial y por lo general terriblemente acotadas. Se pueden encontrar imágenes de distintas inscripciones, estelas, placas, cartas, papiros, rollos y códices, pero raramente todo lo que deseamos hallar en ellos. Por ejemplo, no se puede tener libre acceso al rollo de Isaías del Qumram. Tampoco de diccionarios hebreo español, griego español y hebreo griego. Por lo general buena parte del material y en secciones cortas es provisto por creyentes en distintas corrientes, lo cual obliga a separar lo evidente de lo interpretado, debido a que sus conclusiones al respecto suelen ser el resultado de sus creencias personales o de los organismos religiosos a los cuales pertenecen o representan, muchas veces contradictorias a las mismas evidencias expuestas.

No obstante, del material disponible, el cual incluyo en la lista numerada de fuentes, hay suficiente para empezar y poder establecer posiciones suficientemente claras al respecto.

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